
Cada vez que un lápiz cae en mis manos, sucumbo a la irresistible tentación de desarmarlo. No importa si es mio o de alguien más, igual lo abro, le saco la tinta, el resorte y todo lo que pueda.

Segundo era el patriarca de la familia. Su café después de almuerzo era sagrado, pero era requisito indispensable que estuviera muy pero muy caliente y servido hasta el mismísimo borde de la taza. Si habia más de 2mm entre el líquido y el borde de la taza, se escuchaba el comentario de rigor "¿Que no hay más agua??"
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